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Crecer en confianza, es crecer en dependencia


Un día de esparcimiento familiar, de un año que no logro recordar (tengo mala memoria para grabar fechas específicas), estábamos mi esposo y yo compartiendo con mi sobrino mayor que tenía para el momento escasos tres o cuatro añitos. Jugamos, nos reímos y comimos. Junto a los padres del niño pasábamos una tarde de esas que se recuerdan siempre, porque a pesar de la simpleza del lugar, lo que convierte un momento en un regalo inolvidable, estaba presente, el amor. Luego de un buen rato de correr detrás de mi sobrino, en la típica caza del gato que se quiere comer al ratoncito tierno de rulos dorados y largos, me detuve a pocos metros de una plataforma de concreto, la cual, a los ojos de mi sobrino, lucía como un atractivo trampolín para seguir la diversión inacabable, que siempre hay en la mente de todo niño a esa edad.


Mientras yo trataba de recuperar mi aliento después de esa persecución sin cuartel, mi sobrinito decidió seguir corriendo y hacer uso de la plataforma de concreto, y al no poder alcanzarlo subió por las escaleras, corrió a la parte más alta y a pesar de nuestro intento por detenerlo con gritos, por más que tratamos de alcanzarlo a través de una carrera de relevo, entre sillas, mesas, personas y todo lo que se atravesaba en nuestro camino, a la pequeña distancia de quizás cuatro metros, mi esposo, mi hermana y yo nos quedamos suspendidos en el aire, con el corazón fuera de su lugar y con la impotencia taladrando nuestra mente, pensábamos: ¿cómo es posible que no hayamos logrado a tiempo, impedirle al niño lanzarse de esa plataforma.


En ese instante, nuestros pensamientos pasmados fueron barridos por el grito de mi sobrino, que mientras saltaba de la plataforma, le gritaba en tono divertido, desinhibido y absolutamente confiado a su papá que venía entrando por la puerta principal del centro comercial, y pasaba justo a su lado: “papi agayame, ahí voy” … En ese momento se lanzó sin saber si su papá estaba en la posición correcta para atraparlo en sus brazos, sin que se hiciera daño en el estrepitoso e improvisado salto al vacío. Para los que estábamos al otro lado, era un salto muy peligroso, como lesión mínima se haría una fractura en alguna parte de su pequeño cuerpecito, sin embargo, para él, era un salto de fe al lugar más seguro y protegido que jamás había conocido. Su papá con mucha habilidad en una milésima de segundo logró atraparlo en el aire y el incidente que empezó como un juego divertido, terminó como una anécdota que me prometí, algún día escribir en algún lugar, porque se quedó guardada en el banco de mi memoria.


Esta historia real y personal, me ilustró muy bien, a través de la vida de mi sobrinito que hoy por la Gracia del Señor tiene 10 años, un principio espiritual muy poderoso. Crecer en la confianza al Señor es una tarea titánica para nosotros, porque como seres humanos nos encanta ser independientes y tomar nuestras propias decisiones. Muchas veces pensamos que de esa manera la vida sería más fácil. A los esposos les cuesta depender el uno del otro, a los hijos adolescentes les cuesta depender de los padres y a la mayoría de los seres humanos nos cuesta depender de nuestro Padre celestial.

En el libro de Juan capítulo 11:42 hay una historia apasionante muy conocida, acerca de la resurrección de Lázaro, y aunque es una historia impresionante, no es de la poderosa resurrección de un muerto de cuatro días, de lo que quiero hablarte hoy, porque para que ese milagro pudiera ocurrir, primero tuvo que darse lo que leemos en este versículo:

“Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado”.


El Señor nos enseñó el gran ‘secreto’ de su vida: “Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes”. Nuestro Señor Jesucristo sabía primero que todo, que a quien él clamaba era su Padre, y aquellos que son Padres saben que esos seres que llamamos hijos, solo por derecho de nacimiento, nos atrapan el corazón y nos amarran en un compromiso eterno que fue sellado el día que, por primera vez, nos sostuvieron el dedo índice con su diminuta manito, secuestrándonos el amor incondicional para nunca más devolvérlo. Nuestra relación con nuestro creador y Padre es muy parecida a esto, pero elevado al infinito.

Para crecer en confianza primero necesitamos entender profundamente que Dios es Rey, pero también es papá; por esa razón, al igual que mi sobrino, podemos arrojarnos a sus brazos con toda confianza porque Él nunca nos dejará caer. Él no solo nos sostiene, sino que en el momento que la vida nos lanza por un abismo, Él está allí, y no por casualidad va pasando cerca de la plataforma de nuestra vida, sino que siempre ha estado allí para abrazarnos y no permitir que caigamos en el vacío.


Nuestro Cristo dijo: “yo sabía que siempre me oyes, y por cuanto siempre me oyes sé que responderás, porque no puedes quedarte incólume antes la voz de tu hijo”. Papá nos oye y nos responde, si las circunstancias te han lanzado por un abismo, hoy te ánimo a que abras tus brazos, cierres tus ojos y abras los ojos de la fe, porque lo que te espera no es el fondo del abismo, son los brazos de papá que nunca han dejado de extenderse para ti. Crecer en confianza es crecer en dependencia, porque mientras más lo conoces, más confías y mientras más confías más anhelarás depender de Él sin reservas.


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